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Digger: la farsa anómala de Alejandro González Iñárritu
Reseña de Ysidro Eduardo García Rodríguez
Publicado en 08/10/2026 17:19 • Actualizado 08/10/2026 17:20
Cine

En los últimos días me cuestiono profundamente el furor y la distorsión de las narrativas que se crean alrededor de las películas. Por lo general, siempre ocurre en los inicios de la temporada de premios, previo al otoño. Segundo, la expectativa siempre es entorno a grandes propuestas. Tercero, la conversación previamente generada nos condicionan a estar frente a la mejor obra de todos los tiempos o el bodrio más insoportable.

 

Este contexto se da, muy específico, con La bola negra (entusiasta y universalmente venerada) y Digger (detractada y universalmente sancionada). Cualquier punto de vista que dista de la mentalidad binaria, pues presupone de que, por un lado, eres homófobo en contra de Los Javis o, por el otro, eres un apóstol incorregible de Alejandro González Iñárritu. Es decir, el juicio categórico debe estar debidamente posicionado. No existen matices.

 

En el caso de Digger, creo que la situación es más compleja. Es la última gran producción del estudio Warner Bros., tras su adquisición por la familia Ellison y Paramount Skydance. Entretanto, es la triste despedida de dos grandes productores como Michael de Luca y Pamela Abdy, quienes cosecharon un 2025 espectacular con propuestas como One Batlle After Another, Sinners y Weapons; en contraposición, el 2026 es para el olvido. Principalmente, el discurso gira en el capricho millonario de dos artistas tan grandilocuentes como narcisistas: Tom Cruise (la “última gran estrella del cine”) e Iñárritu.

 

Los comentarios alrededor de la verdadera naturaleza de la película (¿es un musical disfrazado?, ¿es una comedia desarreglada?, ¿qué es esto?), las malas reseñas y su catastrófico desempeño en la taquilla ya establecían un escenario desfavorable para inducirnos a que estamos ante algo nefasto y sin redención.

 

Es una pena porque Digger es una película que difícilmente encaje en el odioso terreno del pensamiento binario. En definitiva, presume de grandes virtudes y peca de excesos que producen un ejercicio exento de uniformidad, excéntrico, aburrido y ciertamente bienvenido.

 

En un futuro distópico no muy lejano, un magnate petrolero provoca, a través de las irresponsables actividades de su empresa en Groenlandia, el desprendimiento de una porción de glaciar que se desplaza —como aquella balsa de piedra de Saramago— al continente europeo y genera una destrucción medioambiental abismal. Por supuesto, la rendición de cuentas y la admisión de culpabilidad serán los puntos más notorios, pero la trama dialoga respecto al dominio del capitalismo, el cambio climático, la complicidad del Estado con los intereses empresariales, la desinformación y la negación científica.

 

Además, no solo la trama se complejiza, sino la misma película subvierte sus propias posibilidades. Digger es un ejercicio de metaficción y de la esencia catártica que tiene el arte alrededor de la parodia, la sátira y la crítica. Iñárritu recurre a dos de las obsesiones que abordó en Birdman: la ambición de un personaje en la búsqueda de la verdad, y la representación de un público que se enfrenta a una difícil realidad, pero no cambia en nada. En otras palabras, ¿qué capacidad real tiene el espectáculo, el entretenimiento, el arte para intervenir en la conciencia del público?

 

Iñárritu es un cineasta que entiende que el humor mordaz y la ironía rampante son su fuerte, pero arrastra una falta de sutileza y, peor aún, una subestimación a sus espectadores. Digger se vanagloria en el didactismo más solemne y cínico, en unos actos de moralidad desconcertante. Coquetea y establece un juego de intertextualidad con obras mayores como la farsa de Dr. Strangelove de Kubrick, la locura mediática y melodramática de Network de Lumet, el quebranto de un artista como Opening Night de Cassavettes o la épica elaboración teatral de Synecdoche, New York de Charlie Kaufman.

 

No obstante, su sinergia creativa con el Chivo Lubezki, su comprometido reparto, el uso de música diegética, el fastuoso diseño de producción y ciertos momentos de verdadera curiosidad e imaginación, hacen que Digger sea una extraña anomalía. Una película que puede ser aburrida y bienvenida. Que puede fracasar y ser valiosa. Que puede irritar precisamente porque intenta algo que otras producciones de ese tamaño ya ni siquiera se permiten intentar.

 

Me quedo con un mal sabor porque la película desconoce el fin primordial de la sátira, la parodia y la crítica. Parece una verborrea ininteligible y ñoña de muchas cosas que sabemos, pero decidimos ignorar. Se asume demasiada seria y consciente de alcanzar un estatus de premonición y alerta que, además de llegar tarde, no aporta nada nuevo a la discusión.

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