Spider-Man: Brand New Day (Daniel Destin Cretton, 2026) es un punto de inflexión necesario en el Universo Cinematográfico de Marvel. Llega en un momento en que muchos fanáticos, analistas y público en general parecen coincidir en que se encuentra en un estado inminente de implosión. Sus últimas entregas siquiera alcanzaron el éxito esperado en taquilla o la resonancia anticipada en el público. Basta decir que buscan repetir la fórmula ganadora de antaño con las mismas variables (Avengers: Doomsday: Back to Recycling).
Con una recaudación vertiginosa que sobrepasa (para el momento de este artículo) los mil millones de dólares en sus primeros días de estreno, parece que Spider-Man es inmune a las falencias de un emporio que sufre la resaca de su propio éxito. Pero ¿cómo comprender una película que en sí misma es una reiteración de elementos que ya hemos visto hasta la saciedad? ¿Por qué seguimos aferrados a Peter Parker? ¿Por qué sus vicisitudes personales y aventuras extraordinarias nos mantienen, una y otra vez, en vilo? ¿Será por su inalterable código de honor, tan noble como obstinado? ¿Su fidelidad casi tóxica a sus seres queridos? O, más bien, ¿por ser alguien tan excepcional y a la vez falible, tan normal, tan ordinario, que se asemeja a la persona que queremos ser?
La mejor personificación de la tía May dijo en uno de los tantos universos de Spider-Man:
I believe there's a hero in all of us that keeps us honest, gives us strength, makes us noble, and finally allows us to die with pride. Even though sometimes we have to be steady and give up the thing we want the most. Even our dreams.
Pensé mucho en su monólogo mientras veía Brand New Day porque, en síntesis, encapsula el pathos del superhéroe arácnido. Su sacrificio y responsabilidad lo definen y, en momentos tan huérfanos como estos, con un mundo al borde desde todos los lados, comprobar que estos valores atemporales todavía importan hacen que nosotros recuperemos la esperanza.
En términos cinematográficos, la película goza de una visión sólida y aterrizada. La llegada del director Daniel Destin Cretton —luego de la plasticidad de un farsante de la imagen como Jon Watts— es una incorporación acertada. Le devuelve textura e imaginación al universo de Spider-Man y nos acerca a una representación de la ciudad de Nueva York vibrante y palpable, con composiciones visuales que rememoran a las viñetas clásicas y a la época de Sam Raimi. Le regresa el protagonismo a su personaje central. Y, sobre todo, le impregna a Peter Parker aquella empatía que mostraba en Short Term 12, su sentido debut como cineasta.
Por eso siento que Cretton está cómodo con esta nueva dirección de Peter Parker: porque conversa con sus propias sensibilidades como director. Sus películas están pobladas por lazos quebrados, vínculos afectivos en búsqueda de conexión real y personajes desamparados, excepcionales y heridos. Al igual que Thunderbolts* (The New Avengers), este héroe carga con profundas cicatrices provocadas por sus propias decisiones y, aun así, tiene la responsabilidad suficiente de convertirse en nuestro guardián.
En contraste, reconozco que Brand New Day peca de ser larga. Da la impresión de terminar cuando, en realidad, estamos entrando en los actos más emocionantes de la trama. Contiene bifurcaciones narrativas que, en general, están más ligadas a los intereses de Marvel como franquicia interconectada que una película dispuesta a ser autónoma.
Sin embargo, también admito que, si me detengo en algunas de sus deficiencias, sería injusto con aquel niño, con aquel chamaquito de San Francisco de Macorís que creció acompañado de este superhéroe inigualable. Por eso, Brand New Day es una anomalía bienvenida. Nos recalca que Peter Parker es un símbolo. Sufrir con él, celebrar una victoria más y recordar que, para él, quizás todo se vuelva un poco más fácil. Lo verdaderamente difícil siempre será seguir alcanzándolo.